Para Venezuela OPEP siempre será una organización solidaria y antihegemónica

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A escasos días de que Venezuela entregue su responsabilidad frente a la Presidencia de la Conferencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), periodo durante el cual el ministro del Poder Popular de Petróleo y presidente de PDVSA Manuel Quevedo tuvo en sus manos el manejo de temas de vital importancia como la estabilidad del mercado energético entre países miembros y no miembros, cabe recordar el influyente papel que ha jugado la patria bolivariana en el objetivo de mantener esta instancia como escenario de cooperación para el desarrollo y expresión de un mundo pluripolar.

La tarea, si se quiere, tiene un doble compromiso: ratificar la posición de Venezuela como país determinado a ser libre, antiimperialista e impulsor del desarrollo de los pueblos amantes de la paz a través de su principal recurso energético, así como honrar la idea original de Juan Pablo Pérez Alfonzo de crear un escenario de espectro político amplio para combatir la influencia de las grandes multinacionales del petróleo en el manejo del mercado de crudo, elemento determinante de la estabilidad mundial.

Un “pacto de caballeros” devenido en propuesta plurinacional

Para nadie es secreto que, desde sus inicios, la explotación y producción petrolera venezolana estuvo supeditada a las decisiones de las principales compañías –denominadas por el presidente de la empresa italiana ENI, Enrico Mattei, en 1960, como las siete hermanas: Esso, Shell, ExxonMobile, Chevron, Gulf Oil, BP y Texaco– con el respaldo de una clase política e industrial parasitaria, llegando al colmo de poner y quitar presidentes, dictar leyes, y hasta manejar los campos petroleros como si embajadas de sus países se tratase.

Tal escenario de manipulación no era muy diferente en muchos de los países productores, especialmente aquellos catalogados como “países en desarrollo”, cabe aclarar.

En tal sentido, el compatriota Juan Pablo Pérez Alfonzo, destacado abogado en materia de hidrocarburos y político de amplia influencia internacional –rara avis dentro del panorama político venezolano de entonces, proclive al entreguismo en aras del lucro personal– influenció con sus ideas la cristalización de esta plataforma, fundada el 14 de septiembre de 1960, en Bagdad, capital de Irak.

Es interesante señalar que Pérez Alfonzo, para entonces Ministro de Minas, ya sostenía reuniones ‘informales’ –de lobby, tras finalizar juntas y acuerdos de negociación– con representantes de países productores sobre la necesidad de fijar cuotas de producción que ayudasen a mantener un precio justo equiparable a la inversión tecnológica. Así, tras el Primer Congreso Petrolero Árabe, celebrado en El Cairo, Egipto, en abril de 1959, se logró un inédito acuerdo de boca para establecer una ‘alícuota’ que el propio Pérez Alfonzo hizo llamar “Pacto de Caballeros”, constituyendo el prolegómeno estimulador para el final establecimiento de la OPEP.

Como era de esperarse, la reacción de las mencionadas hermanas y sus gobiernos aliados se hizo sentir sobre la naciente organización, que finalmente logró reconocimiento internacional el 6 de noviembre de 1962 cuando la Organización de Naciones Unidas (ONU) le dio su ‘visto bueno’ bajo la resolución nº 6.363, estableciéndose de manera formal en Viena, gracias a las facilidades brindadas por el gobierno austríaco.

Entre los logros de esa primera fase de su existencia, la OPEP logró campear de la manera más justa posible el suministro petrolero durante la llamada “crisis árabe”, producidas por el embargo de petróleo árabe en 1973 y el inicio y triunfo de la Revolución Iraní en 1979, eventos que ocasionaron una terrible baja en la explotación de crudo, cuadruplicando en muchos casos el precio del crudo y vislumbrando por primera vez el apocalíptico escenario de un mundo sin petróleo y sin fuentes de energía alternativa reales.

Aires libertarios sacuden los cimientos de la OPEP

Inmersa, quizás, en la asumida tarea de ‘apagar fuegos’ a la hora de garantizar suministros a la luz de más y más conflictos con consecuencias globales –caso de la inefable Guerra del Golfo Arábigo o Pérsico, por mencionar apenas una– la OPEP pareció tornarse en un mero ‘fijador de precios’, alejándose peligrosamente de su objetivo de defender la relación comercial justa entre países productores y consumidores, con beneficios reales para ambos.

Hasta que llegó aquel presidente, hijo de Simón Bolívar y nieto de Maisanta, Hugo Chávez, de ideas libertarias y sentido solidario, admirado por muchos gobiernos, odiado por otros –especialmente por los proclives al imperialismo y a la explotación del hombre por el hombre– con la pretensión de poner el petróleo al servicio del desarrollo real y sin mediaciones de los pueblos amantes de la paz, pero con retribución tangible a los países que garantizan su continuo flujo.

Siempre vislumbró Hugo Chávez el petróleo como factor geoestratégico de vital importancia. Así, sin tiempo que perder, apenas conoció de su histórica victoria presidencial, comisionó al experto petrolero Alí Rodríguez Araque (+) para reunirse en diciembre de 1998 en Madrid con homólogos de Arabia Saudita y México; el objetivo: discutir la posición real de Venezuela dentro del panorama petrolero a la fecha.

Con esa clara visión, Chávez asistió al primer encuentro de la OPEP tras su investidura presidencial. Pero no asistió como un simple invitado: llegó con el planteamiento preciso de “”resucitar la actividad de la OPEP y conseguir que el crudo tenga “un precio justo para productores y consumidores en los mercados internacionales”. Como resultado, logró retomar la herramienta de concertar recortes de producción como vía para regular el precio del crudo en forma beneficiosa para productores y consumidores por igual.

Inyectando confianza y sentido de ganar-ganar en términos multipolares, sin ‘amos’ que guiaran sotto voce el curso del mercado, Chávez logró que la OPEP alcanzara niveles históricos de suministro a través de un propuesto sistema de bandas, en el que se aumentaba la producción a medida que el precio aumentara, y se disminuía cuando el precio actuaba en consecuencia. En respaldo a esa confianza, los gobiernos aceptaron su invitación a la II cumbre de Jefes de Estado de la OPEP, realizada en Caracas, al tiempo que Alí Rodríguez Araque fuera nombrado Secretario General de la organización en 2000, precedido año y medio después por otro venezolano, Álvaro Silva Calderón.

El sentido visionario de Hugo Chávez en materia petrolera llamó poderosamente en el ámbito internacional, toda vez que pronosticara el ascenso del barril hasta 100 dólares, precio considerado como justo para el respaldo tecnológico requerido en la tarea de exploración y extracción petrolera. Sobrepasando su visión, el barril de crudo alcanzó la histórica cifra de 150 dólares. Pero, lejos de ver provecho en el fenómeno, propuso en una nueva reunión de la OPEP celebrada en Omán en 2008, un nuevo recorte de producción, apostando al equilibrio del mercado por el que siempre apostó como vía para la paz y el desarrollo armónico global.

La guerra imperial impone nuevos retos a Venezuela y a la OPEP

El mundo entero recibió con incredulidad la noticia de que Hugo Chávez, el polémico presidente que veía en la democratización del suministro energético una herramienta para el desarrollo multilateral de todos los pueblos del mundo amantes de la paz, impulsor de la OPEP en una nueva fase de acción, moría el 5 de marzo de 2013.

Los destinos del país quedaban en manos de Nicolás Maduro Moros, incansable obrero, siempre luchador al lado del Comandante Chávez, quien con humildad aceptó el para nada fácil compromiso de continuar su legado de justicia, paz e inclusión, con el respaldo indiscutible de todo un país.

Paralelamente, sin embargo, los ataques por parte del imperio norteamericano, que desde siempre se enfilaron en contra del proyecto revolucionario inspirado por Hugo Chávez, se redoblaron esta vez en contra del nuevo líder del proceso bolivariano.

Y atacó precisamente el gobierno estadounidense por la parte que más le duele haber perdido tras el triunfo de la revolución bolivariana: el petróleo que corre bajo el suelo patrio de Bolívar.

De manera sistemática se dedicó el gobierno estadounidense a inundar el mercado petrolero con crudo extraído a través del criticado método de fracking, que consiste en fracturar áreas petroleras de difícil extracción –como arenales– a través de explosiones, causando que restos de petróleo y gas alcancen el manto interno acuífero, contaminándolo irremediablemente. Aun así, la práctica cundió y la demanda petrolera llegó entre 2014 y 2016 a sobresaturarse de tal manera que el barril de crudo alcanzó escalofriantes niveles de caída de hasta 11 dólares… una vez más, la OPEP –y Venezuela, por supuesto– se encontraba ante una nueva disyuntiva energética de afectación mundial.

Sin quedarse de brazos cruzados ante el que era un ataque directo y frontal a la continuidad de la revolución bolivariana, y siguiendo el ejemplo mostrado por el propio Hugo Chávez, el presidente Nicolás Maduro se embarcó por una “gira petrolera”, entre países productores miembros y no miembros de la OPEP, con el objetivo claro de llamar la atención en cuanto a la necesidad real de tomar acciones concretas para la recuperación de los precios petroleros, so riesgo de comprometer seriamente la producción y suministro de crudo.

No faltaron gobiernos ni “expertos” petroleros ligados al imperialismo que criticaran esta acción. Sin embargo, el orbe quedó sorprendido cuando, el 10 de diciembre de 2016, en un acuerdo histórico, la OPEP, junto a 11 países no miembros, acordaron recortar la producción de crudo diaria en 1,7 millones de barriles, como medida para recuperar su precio justo. Y, en consecuencia, el ajuste del precio empezó a dar señales de reacciones, situándose para entonces en una banda fluctuante entre los 30 y los 40 dólares.

“Todos hemos podido apreciar su liderazgo durante el período de bajos precios petroleros, a través de la iniciativa que usted ha tomado, de visitar los países productores y no productores miembros de la OPEP y su interés por reunirse con presidentes y jefes de Estado para restaurar la estabilidad del mercado petrolero”, se refirió el Secretario General de la OPEP, Mohammad Barkindo, a propósito del elocuente y persistente trabajo emprendido por el presidente Nicolás Maduro en ese particular.

Equilibrio para ganar 

El mantenimiento de ese control ha sido justo la tarea que se le planteó a Venezuela durante 2019, fecha en la que asumió la Presidencia de la Conferencia de la OPEP, que asumió el ministro del Poder Popular de Petróleo y presidente de Petróleos de Venezuela (PDVSA) Manuel Quevedo desde el Primero de enero de los corrientes.

Como antesala a este reto de orden global, Quevedo dijo durante la 175º Reunión de la OPEP en Viena, en diciembre de 2018, que “bajo el liderazgo del presidente Nicolás Maduro, continúa la defensa de la política de equilibro y estabilización en el mercado petrolero mundial, al tener como base fundamental una cooperación sostenida con los países productores OPEP +, en beneficio de los pueblos del mundo”.

En consonancia, durante el anuncio de la responsabilidad de Venezuela frente a esta instancia dentro de la OPEP, Manuel Quevedo advirtió que “Estados Unidos no está para darle instrucciones a la OPEP. Somos una Organización independiente que responde a los fundamentos del mercado internacional”.

Por su parte, distintos actantes de la OPEP han manifestado su satisfacción de ver a Venezuela al frente de posiciones de influencia dentro de la organización, por considerarla como un país de peso dentro del quehacer energético mundial.

“Venezuela no es sólo el país de Bolívar, del Comandante Hugo Chávez, del presidente Nicolás Maduro, sino de Pérez Alfonzo quien fue el creador de la Organización de Países Exportadores de Petróleo”, dijo de nuestro país su Secretario General, Mohammad Barkindo, agregando que “el compromiso de la OPEP y de Venezuela está siempre orientado a continuar los esfuerzos para balancear el mercado y evitar las nocivas fluctuaciones que se han evidenciado desde hace muchos años y que la Declaración de Cooperación ha procurado corregir desde su implementación”.


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